domingo, 3 de junio de 2012

clase social


En un mundo globalizado, de adelantos sin precedentes en la historia, de cambios en la mentalidad del ser humano, pero también de catástrofes significativas, inevitables, las persona han seguido con la arcaica práctica de dividir a la población en distintos grupos sociales, pero ¿Cuál es la marcada diferencia, la característica, que hace la distinción entre un grupo y otro? ¿Que nos separa de pertenecer al mundo de los “privilegiados“, la de los inconformes o la de los relegados?, la respuesta es tan simple como obvia: el dinero, aquello que todo lo compra y todo lo puede, que es sinónimo de poder y prestigio, aquel que puede otorgar un título, dar respeto y crear admiración, en quien no lo posee, así como envidias y odios.
Parece increíble que un simple papel o metal se haya convertido en un personaje todopoderoso de nuestras relaciones sociales, que sin el, no valemos como individuos, pero que mentalidad tan pobre, antepone
los bienes y las riquezas al sentir humano.

Desde hace mucho tiempo se han estructurado arquetipos, se ha dividido a la sociedad en partes desiguales (los ricos, los pobres y los de en medio), pero me pregunto, si somos “una sociedad”, ¿era necesario encasillarnos en un lugar, por el simple hecho de tener o no dinero?, por qué no hacer una división más justa, o mejor aún, por qué no hacerla, si somos una sociedad, la cual funciona en conjunto no por separado.
Aquellos que tienen se olvidan de los que no, o simplemente los ignoran, en sus grandes mansiones o botes de lujo, derrochando dinero de forma por demás grosera, pero al final de cuentas es suyo; y los que desean tener se olvidan de lo que tienen, tan solo por subir un peldaño en la llamada “alta sociedad“, olvidan de donde vienen e incluso pueden olvidarse de sus amigos y familia.
Que mediocridad, que falta de conciencia, como hacer de algo que su único fin era el comercio, un instrumento de la banalidad, el centro de nuestra movilidad social, todo esto tiene un significado inexplicable, que a fin de cuentas puede ser el resultado de aquello que nos enseñan, desde muy jóvenes, empezando con nuestros padres, que nos alientan y hasta nos obligan ha ser alguien en esta vida, que sin dinero eres nada dicen algunos, todas esas ideas erróneas, lo que nos arrastra sin remedio a no poder diferenciar entre lo que es no tener y el no saber lo que se tiene.
Sería más fácil saber lo que poseo (como persona), a entender que todo aquello que quiero tener no son más que ilusiones creadas por un grupo de personas, banas y sin sentido del poder que generan, modelos a seguir, como personajes admirados por lo que han conseguido y a los cuales solo les interesan ellos y nada más, esas personas para las cuales es más importante la riqueza material que la intelectual o la espiritual.
Quien tiene y quien no, aquel que desea solo riqueza, poder y bienestar social, se olvida fácilmente que la más grande fortuna es la estar aquí, estar vivos, este instante, poder valorar la vida, disfrutarla sin prisas o contratiempos propios de la velocidad en la que se mueve este mundo y por supuesto ser dueños y constructores de nuestro destino.
Solo me resta decirles, que vivan cada día como si fuera el último, sin excesos, pero con alegría, de nada sirve vivir si nos la pasamos deseando lo que no tenemos en lugar de tratar de obtenerlo, recuerden que todo en los extremos es dañino, ni mucha avaricia, ni poca ambición, siempre en equilibrio, sin olvidar las emociones que nos hacen humanos y nos separan de los animales. Vivan la vida que es muy corta.

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